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sábado, 27 de diciembre de 2025

DOS TEMAS SOBRE EL TAPETE (PARTE 2): LA RECONCILIACIÓN Y LA REUNIFICACIÓN

 (Se dice fácil, pero...)

En mi segunda entrega de los temas sobre el tapete en Venezuela abordo el espinoso dilema de la reconciliación y reunificación, un tema de discusión necesaria. En paráfrasis de Anne Applebaum, el cambio de regímenes autoritarios, históricamente, es lento al principio pero repentino al final. Nos estamos acercando al principio del final del régimen criminal que pretende regir los destinos de Venezuela. Las señales están a la vista, las piezas colocadas. Los participantes están en la encrucijada de determinar como será el resto de sus vidas. ¿Serán amigos del tirano, o participarán en el gran proyecto de una nueva Venezuela? ¿Cómo se une a todos los venezolanos en este gran proyecto?

LOS AMIGOS DEL TIRANO

En estos días reportaron la vida cómoda de la familia Assad en Rusia y Dubái en el New York Times. Con las anécdotas que relataban describían la vida lujosa y protegida que vive Bashar Al-Assad en hoteles y apartamentos de lujo, fabulosos restaurantes y clubes, y fastuosas villas en enclaves residenciales exclusivos. Siria sigue en un difícil proceso de reconstrucción, con violencia, muerte y prisioneros. No es fácil reconstruir un país despojado por tiranos que utilizaron las instituciones del estado para reprimirlo y utilizaron el territorio para facilitar la fabricación y distribución de drogas estupefacientes por toda la región.

Entre los fugados con Assad se encontraba su leal escolta, que le cargaba las maletas y siempre se mantenía a su lado. La noche de la fuga, esta persona fue notificada que se iban, que se montara en el carro de inmediato. Con tanta leal disciplina siguió las órdenes del déspota que no tuvo ni tiempo de buscar su pasaporte y recoger algo de efectivo. Al llegar a Moscú, en vez de instalarse junto con Assad en la gran y amplia Suite donde se instaló el dictador, éste le dijo que se acomodara en otra habitación del lujoso hotel junto con otros escoltas. La sorpresa fue a los pocos días cuando el hotel les presentó la cuenta astronómica. El escolta llamó a Assad para aclarar el asunto, pero nunca llegó a comunicarse con el dictador nuevamente. Assad ni recogió ni devolvió las llamadas.

Hace más de 2.500 años Esquilo dijo: “es una enfermedad que llega con toda tiranía, la de no confiar en amigos”. Aquel que piense ser amigo del tirano debería reflexionar sobre lo dicho por ese griego. Los que confían en el tirano quedarán varados en Moscú sin pasaporte ni dinero. Pero no es únicamente el tirano que desconfía, es toda la sociedad mutuamente. Toda tiranía quiebra sociedades.

Una persona que utiliza el poder para provecho propio sin contemplaciones éticas es como el alacrán en el cuento de la rana y el río. Es su naturaleza, su instinto natural aguijonear a la rana, aun cuando significa que los dos morirán. Aun contra sus mejores intereses, el comportamiento de Assad no refleja ni conciencia, ni arrepentimiento, ni conductas que lo identifiquen como estadista, solo como criminal. Por eso se vio obligado a salir a medianoche del país que había destruido, Siria, que para una persona como él no era su patria, no era una nación llena de compatriotas; era una fabrica de dinero y lujos para él y sus cómplices. Ahora disfruta de lujos tras altas cercas, rodeado de guardaespaldas, borrando cualquier posible indicador de su paradero y recorriendo calles en limusinas, tal vez blindadas para no correr la suerte de Anastasio Somoza, creyéndose en un país seguro.

Hay personas que tienen que dejar el poder en Venezuela. Estás personas pueden facilitar la transición o verse obligados a aceptar que les llegó la transición. Pueden ser parte de la transición  o verse obligados a vivir en las sombras y tras vidrios blindados; los que puedan. Porque llegó la hora de reconstruir a Venezuela;  porque traicionar al régimen no es traicionar a Venezuela, todo lo contrario. 

UNA TRANSICIÓN QUE NO ES SOLO POLÍTICA

A pesar de que Venezuela no es Siria, con facciones étnicas, religiosas y territoriales, el país igualmente no solo enfrenta el desafío de sustituir un régimen, sino al de recomponer una comunidad cívica profundamente dañada por décadas de polarización, miedo, mentira institucionalizada, exilio masivo y complicidad forzada. Por ello, cualquier transición auténtica debe concebirse como un proceso simultáneamente político, moral y social. Sin esta comprensión amplia, la democracia que emerja será frágil, reversible y vulnerable a nuevas formas de autoritarismo.

Toda transición desde una autocracia hacia una democracia suele presentarse como un problema de ingeniería política: elecciones, cronogramas, reformas constitucionales, pactos de élites. Sin embargo, la experiencia comparada —y de manera particularmente aguda en el caso venezolano— demuestra que una transición fallida rara vez fracasa por errores técnicos. Fracasa porque no logra reconstruir el tejido moral, social e incluso mitológico que una autocracia destruye de manera sistemática.

Un punto central para comprender la complejidad de la transición venezolana es distinguir entre el rol de la ideología en democracia y su función en un régimen autoritario. En una democracia pluralista, incluso las ideas equivocadas cumplen una función: se someten al escrutinio público, se refutan, se corrigen o se descartan mediante mecanismos institucionales.

En un régimen autoritario, en cambio, la ideología deja de ser una propuesta debatible y se convierte en dogma. No se corrigen errores, se impone el dogma; no hay debate, se silencian las voces; no se persuade, se castiga al disidente. El daño no proviene solo de la idea, sino del poder que la respalda. Esta distinción es crucial para abordar responsabilidades sin caer en simplificaciones morales ni en absoluciones indiscriminadas.

En el 2017 publiqué un libro titulado “La Venezuela imposible” en donde incluyo un ensayo inspirado por la carta de acusación de Jorge Giordani al gobierno de Nicolás Maduro con motivo de su salida forzada de sus cargos. Esta carta expone las razones de Giordani y es un caricaturesco J’accuse enfocado sobre la ruina económica del país y la culpabilidad del régimen. Por todo lo que sé y he podido averiguar de Giordani, él parece ser un profesor universitario honesto, dedicado y creyente en sus ideas, principalmente la idea de que el estado puede ser el factor clave para mejorar la sociedad mediante el control y ejercicio del poder económico de un país.

El caso de los ideólogos del chavismo —y en forma paradigmática el de Jorge Giordani— ilustra la capacidad humana de autoengaño. Jorge Giordani ni es redentor económico del chavismo ni es chivo expiatorio en la transición; es el ejemplo del ideólogo que, al operar desde un régimen autoritario, transforma el error intelectual en daño histórico profundo. Mencionamos a Giordani, pero todo régimen autoritario los ha tenido. Leon Trotsky, Joseph Goebbels, Jaime Guzmán o Giovanni Gentile estaban íntimamente comprometidos como ideólogos de sus regímenes totalitarios. Su caída en desgracia histórica (o no) no los exime de su responsabilidad.

Ideólogos como Jorge Giordani, en un marco democrático pluralista, aportan al debate de ideas; pero insertos en un marco autoritario hacen daños profundos a un país. Los resultados prácticos de esa idea los vimos en Venezuela. Reconocer el fracaso de un proyecto no es solo un ejercicio intelectual; implica aceptar que una vida entera, una identidad y una vocación estuvieron construidas sobre un error conceptual profundo. A pesar de su sinceridad, convicción y probables buenas intenciones el “cerebro económico” de Chávez empedró el camino a la ruina.

RECONCILIAR NO ES OLVIDAR

Comprender el autoengaño de estos ideólogos o sus adeptos no equivale a absolver el daño causado. La tragedia personal del líder ideológico no borra las consecuencias colectivas de sus decisiones cuando estas se implementaron desde el poder con autoritarismo dogmático. De aquí surge una reflexión clave para la transición: la empatía es compatible con la responsabilidad histórica. La reconciliación democrática no consiste en borrar culpas sino en identificarlas y reconocerlas, sin convertirlas en instrumentos de venganza. Existe la justicia para los criminales, existe la historia para los equivocados.

Una democracia funcional no exige uniformidad ideológica ni consenso moral permanente. La vitalidad de una democracia surge del pluralismo, de la competencia abierta de ideas y de lo que podría llamarse un caos creativo permanente enfrentando el cambio constante de su contexto tecnológico y social; el debate, error, corrección y aprendizaje continuo. Ese desorden, incómodo, ruidoso e imperfecto, es precisamente el precio de la libertad y la condición de la cual emerge el progreso. Una voz como la de Giordani en democracia es valiosa. Su voz como dogma es peligrosa.

Aceptar este caos creativo es esencial para una transición democrática. Implica reconocer que la democracia no promete certezas absolutas ni resultados inmediatos, sino un marco institucional donde los conflictos se procesan sin violencia y donde ninguna visión del mundo puede apropiarse del Estado. Reconciliar a una sociedad polarizada comienza, paradójicamente, por aceptar que el desacuerdo es legítimo y necesario.

Las fracturas y heridas sociales creadas por años de represión autocrática son profundas y difíciles de sanar. Uno de los mayores riesgos de toda transición es confundir justicia con venganza o, en el extremo opuesto, reconciliación con olvido. Ninguno de los dos extremos produce estabilidad democrática. La justicia transicional debe operar en un espacio intermedio, donde se combinen verdad, responsabilidad individual, indemnizaciones y garantías de no repetición.

Esto implica reconocer agravios, escuchar a las víctimas y diferenciar grados de responsabilidad, sin caer en persecuciones colectivas ni en amnistías morales implícitas. La democracia no puede fundarse sobre la humillación de unos ni sobre la negación del sufrimiento de otros. La justicia, entendida correctamente, es un mecanismo de estabilización democrática, no un obstáculo para ella.

LA NUEVA VENEZUELA VA MÁS ALLÁ DE SUS FRONTERAS

La transición venezolana enfrenta un desafío adicional que suele quedar relegado en los debates institucionales: la reunificación de una nación dispersa. Millones de venezolanos viven hoy fuera del país, separados de sus familias, de su vida cívica y de su horizonte vital. Esta fractura no es solo demográfica; es emocional, cultural y política.

La nación venezolana dispersa puede convertirse en un gran activo para la reconstrucción del país. Hay quienes anhelan regresar para retomar su vida, hay quienes han hecho vida fuera y quieren fortalecer sus lazos con la tierra que les vio nacer, hay quienes quieren conocer a Venezuela, la de sus padres y abuelos. Esa energía humana impulsa el futuro de Venezuela a nivel global. Trabajando juntamente con los millones de venezolanos haciendo país, la nación en exilio quiere ser parte del futuro de Venezuela.

Desde el sufrimiento del paso por cordilleras andinas y el Darién hasta vivir el rechazo xenofóbico, desde el Cono Sur hasta los EE.UU., Europa y otras tierras distantes, las experiencias vividas, y el esfuerzo trabajador de los venezolanos demuestran su coraje, capacidad de adaptación y espíritu emprendedor. La historia y las experiencias de cada uno son distintas, todas transformadoras, pero el denominador común son las raíces. Su energía es una energía sembrada ahora en el gentilicio, tal y como lo fue con los irlandeses, los italianos, los portugueses, los libaneses y los judíos en el pasado. Un activo sembrado alrededor del mundo que será parte del futuro de Venezuela. La reunificación debe integrar explícitamente al exilio como parte constitutiva del proyecto nacional. Sin este proceso, la transición quedará incompleta.

EN BÚSQUEDA DE UNA SOCIEDAD PERDIDA

Una transición democrática sostenible requiere traducir estos principios en políticas concretas. En términos prácticos, esto supone: establecer mecanismos creíbles de justicia transicional centrados en verdad y responsabilidad individual; garantizar una fuerte estructura institucional independiente para procesar conflictos políticos; promover políticas activas de integración del exilio; y diseñar narrativas públicas que legitimen el pluralismo y el desacuerdo democrático.

La democracia no promete absolución ni redención moral. Promete algo más modesto y más exigente: convivencia en libertad bajo reglas compartidas. La historia juzgará a los responsables del desastre, pero el futuro dependerá de la capacidad colectiva de construir instituciones que contengan el poder, procesen el conflicto y hagan posible la reconciliación sin sacrificar la justicia.

En la época festiva decembrina, durante la cual escribo esto, se nos vienen recuerdos que surgen de esos aromas familiares asociados con las festividades. Esos buenos recuerdos que reconfortan el alma y el corazón los asociamos con momentos de felicidad y unión en nuestro hogar acompañados por nuestros queridos y cercanos. También nos hace pensar en lo que hemos perdido y nuestra situación presente. Para el país, la situación presente no es una de paz y prosperidad con democracia y libertad. Sin embargo, esa situación tiene visos de pronto cambio. No para rescatar aquel pasado, del cual recordamos solo lo bueno, sino para hacer una nueva Venezuela unida con visión positiva de futuro.


Dos temas sobre el tapete (parte 1): La escalada de tensiones entre los EE.UU. y Venezuela

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Carlos J. Rangel

twitter: @CarlosJRangel1
threads: cjrangel712

Libros de Carlos J. Rangel:

Libertad y autocracia en mitos, relatos y leyendas populares (2024)

Análisis exhaustivo del retroceso democrático en Venezuela (2017).

Tendencias políticas y campañas electorales en los EE.UU. (2009)


domingo, 30 de julio de 2023

UNA REVOLUCIÓN INESPERADA

Reflexiones tardías sobre
Del buen salvaje al buen revolucionario: Mitos y realidades de Am
érica Latina. 

En estos días estuve haciendo la revisión final a una nueva edición que será publicada en Chile bajo los auspicios de la Fundación para el Progreso (Santiago), de Del buen salvaje al buen revolucionario: Mitos y realidades de América Latina (Carlos Rangel, 1975), obra clave para entender las patologías políticas de Latinoamérica. Al igual que la nueva edición digital distribuida en Venezuela bajo los auspicios de CEDICE, se incluirá en esta edición impresa el Post Scriptum escrito por Carlos Rangel algo más de diez años después de la publicación del libro original en Venezuela, un epílogo que contiene sus reflexiones después de transcurrida una década.

Tras ese tiempo, lo que para Rangel era evidente en 1975, era inescapable a cualquier observador objetivo en 1985. El lamentable fracaso de la Revolución Cubana, después de un cuarto de siglo de tiranía y rigidez, le había asestado un duro golpe al mito de la salvación latinoamericana por revolución izquierdista, regímenes de tipo soviético y confrontaciones con los Estados Unidos. La propuesta de Rangel establece sin embargo que:   

“…sigue siendo un hecho que las sociedades de Latinoamérica no funcionan bien. ¿Podemos darnos por satis­fechos con el statu quo? Por supuesto, no. Necesitamos cam­biar, y ese cambio debiera ser tan profundo como para merecer llamarse —si el caso llega— una revolución, aunque ciertamen­te muy distinta de la enajenada por falacias radicales y neuro­sis casi patológicas que fracasó en Cuba y está fracasando en Nicaragua. La revolución que necesitamos debe consagrarse a la causa básica de nuestras persistentes frustraciones, que definitivamente no es sólo —ni siquiera principalmente— una conspiración yanqui para agotar nuestros recursos e impedir nuestro desarrollo sino, más bien, nuestro fracaso en implantar totalmente la democracia.

En nuestras guerras de independencia, la dictadura colonial española fue barrida en nombre de la libertad, supuestamente abonando el terreno para un orden democrático cuyo modelo suministraban los Estados Unidos. Pero, en la práctica, el poder no fue devuelto al pueblo, que no estaba —como no lo estaban sus líderes— preparado para vivir en paz bajo las reglas de la democracia. El poder quedó (y esto es en gran parte cierto hasta el presente) como un premio para ser repartido entre aquellos que se las han arreglado para capturar el Estado y hacerse de una clientela.

El «modelo» mexicano, que ha constituido un triste éxito por ser el sistema de gobierno más estable en la historia de la América Latina independiente, muestra claramente cómo entre nosotros el poder, el privilegio y el autoservicio de egoísmo sectorial no son el sello exclusivo de las ricas oligarquías que se orientan por los Estados Unidos. Más bien, esas actitudes antisociales han sido tradicionalmente compartidas por todos los grupos que pueden definir y perseguir exitosamente inte­reses especiales bajo la protección de un Estado todopoderoso, cuyo control ellos comparten o, al menos, a cuya estabilidad —a menudo precaria— contribuyen.

Estos párrafos de Rangel exhortan al cambio de nuestra manera de ser amañada por las taras del mercantilismo, la esclavitud metamorfoseada en peonaje, y el sectarismo racista, taras que han prevalecido como bases del sistema económico y social en Latino America desde los tiempos de la conquista y manifestadas de innumerables maneras en nuestra historia. Una manera de ser que enquista el atraso en nuestras sociedades. Una manera de ser que claramente va en contra de las aspiraciones de innumerables individuos en cada sociedad, formando un caldo de cultivo de resentimientos, agravios y deseos de cambio que prometen ser satisfechos por “la revolución”. 

Una revolución es un cambio fundamental en la manera de ser. Eso no ha ocurrido en las mal llamadas revoluciones latinoamericanas. El caso cubano es patéticamente emblemático, una sociedad en donde una élite mercantilista capitalista existente fue sustituida por una élite mercantilista auto proclamada revolucionaria. Esto ha ocurrido en las instancias de sustitución de élites ocurridas en Nicaragua, Bolivia, y Venezuela, al igual que con los intentos en Chile, Ecuador, Perú, México, etc. Pero mientras se mantenga la idea de que toda transacción comercial es una transacción suma-cero (base del mercantilismo) en vez de una relación gana-gana (base del capitalismo), nunca serán satisfechos los agravios de masas de ciudadanos cada vez mayores.  Es imposible satisfacer las aspiraciones y necesidades crecientes de una población en aumento con simple distribución de una riqueza cada vez más escasa; hay que hacer crecer la riqueza.

Ha sido únicamente en las ocasiones cuando ciertos lideres buscaban emprender reformas para equilibrar la tendencia humana cuasi-natural de crear condiciones de transacciones suma-cero para su beneficio propio, con la difícil tarea de establecer condiciones de relaciones gana-gana para crear el beneficio social y económico de toda la sociedad cuando ha habido progreso en las naciones. El caso mas destacado, y al que Rangel vuelve repetidamente, fue Argentina a finales del siglo XIX y principios del S. XX, momento en el cual ese país se perfilaba como el futuro gran rival de los EE.UU. en el hemisferio, tras haber emprendido las reformas liberales conducidas por Domingo Sarmiento; reformas conceptualmente simples, además: emular los sistemas que han demostrado éxito económico y social. 

Rangel argumenta claramente a favor del filón de liberalismo universal existente en America Latina que puede verse con raíces en Francisco de Miranda, Simón Bolivar, y Andrés Bello, siguiendo por Sarmiento, pasando por Haya de la Torre y el aprismo, hasta sus descendientes ideológicos, desde los demócratas en Venezuela hasta el Chile pre-Allende. Esta es una corriente liberal en contracorriente a la tendencia mercantilista y feudal nacionalista emblemática de tiranos desde Juan Manuel de Rosas hasta Fidel Castro y sus aduladores. Hoy día es probable que las transformaciones políticas en México que condujeron a la presidencia de Vicente Fox y cierto pluralismo democrático y, por supuesto, la reversión venezolana al neo-mercantilismo nacionalista que caracteriza el llamado socialismo del S. XXI, serían destacados en capítulos aparte.  

Carlos Rangel fue algo optimista (a pesar de lo que se ha escrito al respecto) al pensar que, si se sobreponen dichas taras originarias de la semilla sembrada por el imperio español en declive del S. XV y XVI, el progreso social y económico de la región es posible, en vez del estancamiento permanente. No era Rangel único en este campo del pensamiento político, siendo el más renombrado promotor de esta tesis Francis Fukuyama quien, poco después de la muerte de Rangel, publicaría su famoso ensayo (y posterior libro) de “El fin de la historia” el cual, en esencia, utiliza los argumentos de Hegel y Marx para establecer que el liberalismo democrático, y no el socialismo comunista representaba ese final y el cual, en la década de 1990, se vislumbraba en el horizonte.

Los ciclos de la historia nos pueden hacer pensar lo contrario. Toda revolución se origina en las presiones contenidas por un régimen que busca mantener un Status quo en donde ciertas élites privilegiadas tienen afán de auto-preservación y supervivencia. Si la revolución es exitosa, dichas élites serán sustituidas por otras que tendrán eventualmente esos mismos instintos. Cada élite en el poder buscará de alguna manera estabilizar la sociedad con ese otro instinto natural que tiene el ser humano: el rechazo a la inestabilidad y el desorden, a favor de la predictibilidad y el orden. Tras todo caos revolucionario la “nueva” sociedad y sus gobernantes presentarán como aceptables ciertos “excesos de orden” para renovar la sociedad y mantenerse en el poder. Esto se ve en los fusilamientos de La Cabaña en Cuba, las desapariciones del Estadio Nacional de Chile, o la “reeducación” en la campiña de Camboya. Y he aquí donde vemos el desarrollo moderno de las sagaces intuiciones de Lenin.

En su discurso “Sobre la guerra y la revolución” pronunciado en las postrimerías de la primera guerra mundial todavía en curso (mayo, 1917), y poco antes de tomar el poder en Rusia (octubre del mismo año), Lenin claramente expone que la manera de mantener el poder es establecer la revolución permanente contra las clases que amenazan el poder, en su caso, socialista. Esta manera de pensar la deriva de Clausewitz, volteando su famoso dicho de la guerra como continuación de política por otros medios, y estableciendo que la política es la continuación de la guerra por otros medios – es decir, la “revolución” permanente.[1]

Esta es una lección bien aprendida por los neo-mercantilistas del socialismo. Mantener a la élite gobernante en pie de guerra contra la población con aspiraciones naturales de cambio es lo que hicieron, han hecho y siguen haciendo en la Unión Soviética, Cuba, y Corea del Norte; pero también en países que cayeron bajo la hegemonía ideológica del tercermundismo (“gobernantes objetivamente revolucionarios”, ver cf. Rangel, C.: DBSBR y El tercermundismo) como excusa para mantenerse en el poder, como el Irak de Hussein, la Libia de Gadafi y otros tantos tiranos de turno alrededor del mundo pasado y presente. Esta revolución permanente, término tan inverosímil conceptualmente como el nombre del Partido Revolucionario Institucional en México, sirve para excusar los atropellos más injustificables contra los derechos humanos en estos países “en rumbo hacia el mar de la felicidad” socialista.

Los tiranuelos acumulando poder y riqueza que se acogen al apodo socialista tercermundista y declaran que toda desigualdad económica es culpa del capitalismo imperialista occidental (liderado, por supuesto, por los EE.UU.), no son distintos que los tiranuelos de antaño que acumulaban poder y riqueza para disfrutarlas en ese mismo mundo capitalista occidental. Solo que estos nuevos tiranuelos se acobijan bajo un ropaje ideológico que, al igual que la religión (ese opio de las masas), promete una felicidad futura después del sufrimiento presente. Mientras llega esa redención paradisiaca, los tiranuelos de hoy disfrutan sus riquezas terrenales sin vergüenza en Abu Dabi, Shanghai o Singapur, más discretamente en los enclaves de aquellos viejos tiranuelos, la costa del mediterráneo, Londres o París, o simplemente en su propio país en fortalezas tal castillo medieval dentro de su feudo y ghetto de prosperidad clientelar rodeados por su corte de aspirantes a migajas (con aspiraciones ocultas, o no tanto, a ser el próximo a sentarse en el trono como premio personal); y utilizarán la "revolución permanente" para reprimir disidencias y aferrarse al poder.

La naturaleza humana abarca un gran rango de comportamientos. El comportamiento más natural es la aspiración a la mejora propia y de sus descendientes. Sólo bajo condiciones que permiten renovación económica y social dicha aspiración se puede mantener viva, y los regímenes neo-mercantilistas autoritarios en su afán de control, y la supresión de la libertad para mantener dicho control, reprimen dicha aspiración natural humana puesto que la misma presupone renovación y, como hemos discutido, la revolución permanente precluye la posibilidad de renovación de la élite gobernante. Esta posibilidad de renovación existe únicamente bajo condiciones de democracia institucional. Por supuesto que el líder de turno en el poder siempre buscará dejar huella permanente, sea mediante su “legado” (aceptable) o subvirtiendo las instituciones democráticas para mantenerse en el poder de alguna manera (inaceptable). Volviendo a eso de los instintos humanos, este comportamiento se deriva del instinto de supervivencia, tanto individual como tribal. Es solo a través del estado de derecho que lo peor e inaceptable de los instintos humanos se mantiene bajo control para que podamos vivir prósperamente en sociedad. Es por ello por lo que instituciones independientes del poder de mando son fundamentales para lograr una sociedad que no esté sometida a la arbitrariedad autocrática de una élite gobernante o su figura representativa. Este es el fundamento de la democracia liberal.

Pensar en que pueda ocurrir en nuestros países ese vuelco de pensamiento que Rangel, con toda la razón, denomina revolucionario, no es imposible. Hubo (y hay) ventanas y atisbos de esa posible revolución, y es posible que se recupere en algunos países la posibilidad. Pero el concepto leninista de revolución permanente (es decir, enquistar la élite dominante) no es compatible con la democracia liberal, la cual por definición no establece el concepto de “permanente” ni en la economía ni en los gobiernos. Más bien el concepto de renovación permanente es lo que priva, una renovación basada en el fomento de la creatividad e innovación constante que cambia las bases de la economía, la política y la sociedad para crear riqueza y movilidad social.

La revolución permanente de Lenin es mucho más compatible con los sistemas feudales precapitalistas/mercantilistas del medioevo cuyos reyes fueron derrocados, muchos de manera violenta, otros por intrigas de palacio, y unos pocos aceptando el cambio de la revolución industrial y el desarrollo de los mecanismos de renovación económica y política: capitalismo y democracia. Derrocar el medioevo en America Latina era la aspiración revolucionaria de Rangel.

 ¿Será posible mantener la naturaleza caótica desordenada y de renovación permanente del liberalismo en contra de las fuerzas naturales que favorecen el orden y la supervivencia de élites autocráticas en el poder? El iliberalismo creciente a nivel mundial nos parecería indicar lo contario, una vuelta al ciclo de neo-mercantilismo impuesto con la excusa de recuperar el orden y los valores tradicionales. Para America Latina, en cualquier caso, el advenimiento de verdadera democracia liberal sería una revolución inesperada.

Carlos J. Rangel – 30 de julio, 2023

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Descargue los libros de la Colección CEDICE: Biblioteca Carlos Rangel, en su sitio web: cedice.org.ve. Las reflexiones de Carlos Rangel 10 años después de haber escrito DBSBR, además de estar en la nueva edición del libro publicada por CEDICE Libertad y por la Fundación para el Progreso (FPP), se puede leer en "Marx y los socialismos reales y otros ensayos", el tercer y último libro de Carlos Rangel.



[1] El texto del discurso pronunciado por Lenin en mayo de 1917 se puede descargar a través del Marxists Internet Archive, donde la fuente citada es "Lenin Collected Works", Progress Publishers, Moscú (1964). Volumen 24, pp. 398-421. Es de hacer notar que en marzo de 1918, menos de un año después de este discurso y con Lenin en el poder, Rusia firmó la paz con Alemania, cerrando el frente oriental y permitiendo que ese país dedicara todos sus recursos hacia el frente occidental. Lenin suponía que tras la revolución de octubre en Rusia, el proletariado obrero europeo se alzaría contra la burguesía imperialista explotadora conduciéndolos a una guerra carnicera atroz, y que la revolución comunista se regaría como pólvora encendida por el mundo. Al no ocurrir esto, Lenin revierte la política de la URSS a una política defensiva belicosa permanente, suponiendo que al igual que la Santa Alianza luchó contra los ejércitos de la revolución francesa para preservar las monarquías (como dijera en este discurso), así mismo el occidente enfilaría sus armas contra la revolución rusa. 

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