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sábado, 27 de diciembre de 2025

DOS TEMAS SOBRE EL TAPETE (PARTE 2): LA RECONCILIACIÓN Y LA REUNIFICACIÓN

 (Se dice fácil, pero...)

En mi segunda entrega de los temas sobre el tapete en Venezuela abordo el espinoso dilema de la reconciliación y reunificación, un tema de discusión necesaria. En paráfrasis de Anne Applebaum, el cambio de regímenes autoritarios, históricamente, es lento al principio pero repentino al final. Nos estamos acercando al principio del final del régimen criminal que pretende regir los destinos de Venezuela. Las señales están a la vista, las piezas colocadas. Los participantes están en la encrucijada de determinar como será el resto de sus vidas. ¿Serán amigos del tirano, o participarán en el gran proyecto de una nueva Venezuela? ¿Cómo se une a todos los venezolanos en este gran proyecto?

LOS AMIGOS DEL TIRANO

En estos días reportaron la vida cómoda de la familia Assad en Rusia y Dubái en el New York Times. Con las anécdotas que relataban describían la vida lujosa y protegida que vive Bashar Al-Assad en hoteles y apartamentos de lujo, fabulosos restaurantes y clubes, y fastuosas villas en enclaves residenciales exclusivos. Siria sigue en un difícil proceso de reconstrucción, con violencia, muerte y prisioneros. No es fácil reconstruir un país despojado por tiranos que utilizaron las instituciones del estado para reprimirlo y utilizaron el territorio para facilitar la fabricación y distribución de drogas estupefacientes por toda la región.

Entre los fugados con Assad se encontraba su leal escolta, que le cargaba las maletas y siempre se mantenía a su lado. La noche de la fuga, esta persona fue notificada que se iban, que se montara en el carro de inmediato. Con tanta leal disciplina siguió las órdenes del déspota que no tuvo ni tiempo de buscar su pasaporte y recoger algo de efectivo. Al llegar a Moscú, en vez de instalarse junto con Assad en la gran y amplia Suite donde se instaló el dictador, éste le dijo que se acomodara en otra habitación del lujoso hotel junto con otros escoltas. La sorpresa fue a los pocos días cuando el hotel les presentó la cuenta astronómica. El escolta llamó a Assad para aclarar el asunto, pero nunca llegó a comunicarse con el dictador nuevamente. Assad ni recogió ni devolvió las llamadas.

Hace más de 2.500 años Esquilo dijo: “es una enfermedad que llega con toda tiranía, la de no confiar en amigos”. Aquel que piense ser amigo del tirano debería reflexionar sobre lo dicho por ese griego. Los que confían en el tirano quedarán varados en Moscú sin pasaporte ni dinero. Pero no es únicamente el tirano que desconfía, es toda la sociedad mutuamente. Toda tiranía quiebra sociedades.

Una persona que utiliza el poder para provecho propio sin contemplaciones éticas es como el alacrán en el cuento de la rana y el río. Es su naturaleza, su instinto natural aguijonear a la rana, aun cuando significa que los dos morirán. Aun contra sus mejores intereses, el comportamiento de Assad no refleja ni conciencia, ni arrepentimiento, ni conductas que lo identifiquen como estadista, solo como criminal. Por eso se vio obligado a salir a medianoche del país que había destruido, Siria, que para una persona como él no era su patria, no era una nación llena de compatriotas; era una fabrica de dinero y lujos para él y sus cómplices. Ahora disfruta de lujos tras altas cercas, rodeado de guardaespaldas, borrando cualquier posible indicador de su paradero y recorriendo calles en limusinas, tal vez blindadas para no correr la suerte de Anastasio Somoza, creyéndose en un país seguro.

Hay personas que tienen que dejar el poder en Venezuela. Estás personas pueden facilitar la transición o verse obligados a aceptar que les llegó la transición. Pueden ser parte de la transición  o verse obligados a vivir en las sombras y tras vidrios blindados; los que puedan. Porque llegó la hora de reconstruir a Venezuela;  porque traicionar al régimen no es traicionar a Venezuela, todo lo contrario. 

UNA TRANSICIÓN QUE NO ES SOLO POLÍTICA

A pesar de que Venezuela no es Siria, con facciones étnicas, religiosas y territoriales, el país igualmente no solo enfrenta el desafío de sustituir un régimen, sino al de recomponer una comunidad cívica profundamente dañada por décadas de polarización, miedo, mentira institucionalizada, exilio masivo y complicidad forzada. Por ello, cualquier transición auténtica debe concebirse como un proceso simultáneamente político, moral y social. Sin esta comprensión amplia, la democracia que emerja será frágil, reversible y vulnerable a nuevas formas de autoritarismo.

Toda transición desde una autocracia hacia una democracia suele presentarse como un problema de ingeniería política: elecciones, cronogramas, reformas constitucionales, pactos de élites. Sin embargo, la experiencia comparada —y de manera particularmente aguda en el caso venezolano— demuestra que una transición fallida rara vez fracasa por errores técnicos. Fracasa porque no logra reconstruir el tejido moral, social e incluso mitológico que una autocracia destruye de manera sistemática.

Un punto central para comprender la complejidad de la transición venezolana es distinguir entre el rol de la ideología en democracia y su función en un régimen autoritario. En una democracia pluralista, incluso las ideas equivocadas cumplen una función: se someten al escrutinio público, se refutan, se corrigen o se descartan mediante mecanismos institucionales.

En un régimen autoritario, en cambio, la ideología deja de ser una propuesta debatible y se convierte en dogma. No se corrigen errores, se impone el dogma; no hay debate, se silencian las voces; no se persuade, se castiga al disidente. El daño no proviene solo de la idea, sino del poder que la respalda. Esta distinción es crucial para abordar responsabilidades sin caer en simplificaciones morales ni en absoluciones indiscriminadas.

En el 2017 publiqué un libro titulado “La Venezuela imposible” en donde incluyo un ensayo inspirado por la carta de acusación de Jorge Giordani al gobierno de Nicolás Maduro con motivo de su salida forzada de sus cargos. Esta carta expone las razones de Giordani y es un caricaturesco J’accuse enfocado sobre la ruina económica del país y la culpabilidad del régimen. Por todo lo que sé y he podido averiguar de Giordani, él parece ser un profesor universitario honesto, dedicado y creyente en sus ideas, principalmente la idea de que el estado puede ser el factor clave para mejorar la sociedad mediante el control y ejercicio del poder económico de un país.

El caso de los ideólogos del chavismo —y en forma paradigmática el de Jorge Giordani— ilustra la capacidad humana de autoengaño. Jorge Giordani ni es redentor económico del chavismo ni es chivo expiatorio en la transición; es el ejemplo del ideólogo que, al operar desde un régimen autoritario, transforma el error intelectual en daño histórico profundo. Mencionamos a Giordani, pero todo régimen autoritario los ha tenido. Leon Trotsky, Joseph Goebbels, Jaime Guzmán o Giovanni Gentile estaban íntimamente comprometidos como ideólogos de sus regímenes totalitarios. Su caída en desgracia histórica (o no) no los exime de su responsabilidad.

Ideólogos como Jorge Giordani, en un marco democrático pluralista, aportan al debate de ideas; pero insertos en un marco autoritario hacen daños profundos a un país. Los resultados prácticos de esa idea los vimos en Venezuela. Reconocer el fracaso de un proyecto no es solo un ejercicio intelectual; implica aceptar que una vida entera, una identidad y una vocación estuvieron construidas sobre un error conceptual profundo. A pesar de su sinceridad, convicción y probables buenas intenciones el “cerebro económico” de Chávez empedró el camino a la ruina.

RECONCILIAR NO ES OLVIDAR

Comprender el autoengaño de estos ideólogos o sus adeptos no equivale a absolver el daño causado. La tragedia personal del líder ideológico no borra las consecuencias colectivas de sus decisiones cuando estas se implementaron desde el poder con autoritarismo dogmático. De aquí surge una reflexión clave para la transición: la empatía es compatible con la responsabilidad histórica. La reconciliación democrática no consiste en borrar culpas sino en identificarlas y reconocerlas, sin convertirlas en instrumentos de venganza. Existe la justicia para los criminales, existe la historia para los equivocados.

Una democracia funcional no exige uniformidad ideológica ni consenso moral permanente. La vitalidad de una democracia surge del pluralismo, de la competencia abierta de ideas y de lo que podría llamarse un caos creativo permanente enfrentando el cambio constante de su contexto tecnológico y social; el debate, error, corrección y aprendizaje continuo. Ese desorden, incómodo, ruidoso e imperfecto, es precisamente el precio de la libertad y la condición de la cual emerge el progreso. Una voz como la de Giordani en democracia es valiosa. Su voz como dogma es peligrosa.

Aceptar este caos creativo es esencial para una transición democrática. Implica reconocer que la democracia no promete certezas absolutas ni resultados inmediatos, sino un marco institucional donde los conflictos se procesan sin violencia y donde ninguna visión del mundo puede apropiarse del Estado. Reconciliar a una sociedad polarizada comienza, paradójicamente, por aceptar que el desacuerdo es legítimo y necesario.

Las fracturas y heridas sociales creadas por años de represión autocrática son profundas y difíciles de sanar. Uno de los mayores riesgos de toda transición es confundir justicia con venganza o, en el extremo opuesto, reconciliación con olvido. Ninguno de los dos extremos produce estabilidad democrática. La justicia transicional debe operar en un espacio intermedio, donde se combinen verdad, responsabilidad individual, indemnizaciones y garantías de no repetición.

Esto implica reconocer agravios, escuchar a las víctimas y diferenciar grados de responsabilidad, sin caer en persecuciones colectivas ni en amnistías morales implícitas. La democracia no puede fundarse sobre la humillación de unos ni sobre la negación del sufrimiento de otros. La justicia, entendida correctamente, es un mecanismo de estabilización democrática, no un obstáculo para ella.

LA NUEVA VENEZUELA VA MÁS ALLÁ DE SUS FRONTERAS

La transición venezolana enfrenta un desafío adicional que suele quedar relegado en los debates institucionales: la reunificación de una nación dispersa. Millones de venezolanos viven hoy fuera del país, separados de sus familias, de su vida cívica y de su horizonte vital. Esta fractura no es solo demográfica; es emocional, cultural y política.

La nación venezolana dispersa puede convertirse en un gran activo para la reconstrucción del país. Hay quienes anhelan regresar para retomar su vida, hay quienes han hecho vida fuera y quieren fortalecer sus lazos con la tierra que les vio nacer, hay quienes quieren conocer a Venezuela, la de sus padres y abuelos. Esa energía humana impulsa el futuro de Venezuela a nivel global. Trabajando juntamente con los millones de venezolanos haciendo país, la nación en exilio quiere ser parte del futuro de Venezuela.

Desde el sufrimiento del paso por cordilleras andinas y el Darién hasta vivir el rechazo xenofóbico, desde el Cono Sur hasta los EE.UU., Europa y otras tierras distantes, las experiencias vividas, y el esfuerzo trabajador de los venezolanos demuestran su coraje, capacidad de adaptación y espíritu emprendedor. La historia y las experiencias de cada uno son distintas, todas transformadoras, pero el denominador común son las raíces. Su energía es una energía sembrada ahora en el gentilicio, tal y como lo fue con los irlandeses, los italianos, los portugueses, los libaneses y los judíos en el pasado. Un activo sembrado alrededor del mundo que será parte del futuro de Venezuela. La reunificación debe integrar explícitamente al exilio como parte constitutiva del proyecto nacional. Sin este proceso, la transición quedará incompleta.

EN BÚSQUEDA DE UNA SOCIEDAD PERDIDA

Una transición democrática sostenible requiere traducir estos principios en políticas concretas. En términos prácticos, esto supone: establecer mecanismos creíbles de justicia transicional centrados en verdad y responsabilidad individual; garantizar una fuerte estructura institucional independiente para procesar conflictos políticos; promover políticas activas de integración del exilio; y diseñar narrativas públicas que legitimen el pluralismo y el desacuerdo democrático.

La democracia no promete absolución ni redención moral. Promete algo más modesto y más exigente: convivencia en libertad bajo reglas compartidas. La historia juzgará a los responsables del desastre, pero el futuro dependerá de la capacidad colectiva de construir instituciones que contengan el poder, procesen el conflicto y hagan posible la reconciliación sin sacrificar la justicia.

En la época festiva decembrina, durante la cual escribo esto, se nos vienen recuerdos que surgen de esos aromas familiares asociados con las festividades. Esos buenos recuerdos que reconfortan el alma y el corazón los asociamos con momentos de felicidad y unión en nuestro hogar acompañados por nuestros queridos y cercanos. También nos hace pensar en lo que hemos perdido y nuestra situación presente. Para el país, la situación presente no es una de paz y prosperidad con democracia y libertad. Sin embargo, esa situación tiene visos de pronto cambio. No para rescatar aquel pasado, del cual recordamos solo lo bueno, sino para hacer una nueva Venezuela unida con visión positiva de futuro.


Dos temas sobre el tapete (parte 1): La escalada de tensiones entre los EE.UU. y Venezuela

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Carlos J. Rangel

twitter: @CarlosJRangel1
threads: cjrangel712

Libros de Carlos J. Rangel:

Libertad y autocracia en mitos, relatos y leyendas populares (2024)

Análisis exhaustivo del retroceso democrático en Venezuela (2017).

Tendencias políticas y campañas electorales en los EE.UU. (2009)


jueves, 18 de abril de 2024

EL ENGENDRO DE LA VIOLENCIA

La violencia política es un instrumento cuyo resultado genera resentimientos, incertidumbre e inestabilidad en una nación. El éxito de su aplicación usualmente es temporal o ficticio si no refleja las verdaderas corrientes políticas de la sociedad y, aún si lo hace, sus dolorosas cicatrices perduran durante generaciones. Ante aquellos que piensan que este tipo de solución política es aceptable y efectiva cabe reflexionar al respecto y examinar su aplicación e historia en la Venezuela reciente.

La llamada cuarta república tuvo desviaciones en política económica favorecedoras del mercantilismo proteccionista bajo el llamado “capitalismo de estado”. Estas desviaciones crearon malestar económico entre grandes sectores de la población debido a su consecuente y creciente desigualdad económica y de oportunidades. También generó desconfianza en los líderes y sectores partidistas protegiendo esas desviaciones a favor de sectores económicos cuyo interés, como es natural, era mantener un sistema que los protegía, profundizar mercados cautivos, y desestimular la competencia económica y de ideas. La situación no era aceptable desde el punto de vista de desarrollo social, y generó el llamado “caldo de cultivo” social buscando renovación y cambio. Esta descripción también es apta para lo que ocurre actualmente en Venezuela, con la salvedad de que las grandes fortunas de las élites económicas de hoy están compenetradas profundamente con el partido oficialista mediante un alto grado de corrupción simbiótica y muchas, incluso, son complícitas activa o pasivamente con el crimen organizado transnacional.

La gran diferencia con la década de los 90 es que en aquel entonces había cierta semblanza de democracia perfectible y posibilidad de cambio, y en la actualidad el oficialismo y sus allegados quieren mantener “el mejor de todos los mundos posibles”, como diría Voltaire, para sí (lo cual, a su vez, es la esencia del conservadurismo, sin importar ideologías). Como lo vivirá Candide, el mundo cambia, y comprender la realidad del cambio y renovación permanente es la mejor manera de vivir – y sobrevivir en el mismo. Los que se opusieron al cambio hacia la apertura económica y el liberalismo en Venezuela aprendieron esa lección durante los 90 y subsiguientes; los que se oponen al cambio hacia la apertura económica y el liberalismo hoy en día se enrumban hacia un callejón sin salida, del cual piensan que pueden escaparse mediante la violencia política, las raíces profundas del chavismo.

Tanqueta derriba el portal del palacio presidencial el 4-F, 1992
El chavismo se origina de la violencia política. Su estreno público es el 4-F y su secuela, el 27-N, una serie de enfrentamientos sangrientos contra la institucionalidad y la población civil con el objetivo de cambiar por la fuerza al gobierno democrático. Ya anteriormente, entre ciertos elementos de la Lucha Armada con raíces en el Porteñazo y el Carupanazo, llegando hasta La Noche de Los Tanques, se consideraba a la violencia anti-institucional como incómodamente aceptable y, entre algunos sectores intelectuales, su amenaza tenía la posible utilidad de una espada de Damocles. Pero el pueblo venezolano, esencialmente democrático, en rechazo a aquel elitismo mercantilista de los 90 pero también al cambio mediante violencia política, optó por la renovación institucional democrática.  En 1999 Venezuela elige la promesa de Chávez de un nuevo país más justo. Sin embargo, la promesa utilizada de manera oportunista por un ambicioso de poder será utilizada por éste para hacer un simple cambio de élites, no un cambio estructural de la economía y sociedad; una falsa promesa que Chávez y sus asociados utilizarán para crear una nueva élite resguardada por la amenaza permanente de la violencia política, su origen.

Diosdado Cabello, participante golpista el 4-F, en su programa actual de TV "Con el mazo dando".

La relación entre la violencia política y el chavismo nace en aquellos montes y lomas de la Lucha Armada y sus miembros, simpatizantes e ideólogos en ciudad y en llano. Muchos de éstos se aglutinarán alrededor del movimiento de Chávez, el MBR200, y luego el MVR. Entre esos aglutinados se encuentra una destacada figura del momento: José Vicente Rangel.[1]

J. V. Rangel
La compleja carrera de JVR no está bajo la lupa en este ensayo, pero deben destacarse algunos elementos por su eventual influencia. El crisol que forja políticamente a Rangel se aviva durante el exilio de los años 50, un período que formó a gran cantidad de líderes y figuras de la era democrática venezolana de entre los que fueron expulsados, huyeron, o rechazaron la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, su corrupción y represión. Parte del exilio de Rangel transcurre en Chile, donde finaliza sus estudios universitarios y contrae matrimonio. Esa formación y raíces creadas en Chile durante el enfrentamiento hegemónico de las ideologías victoriosas de la segunda guerra mundial es posible que matizaran su percepción acerca de la necesidad de violencia como instrumento de la política. A fin de cuentas, ese era un fundamento marxista en boga entre los académicos de su época de estudiante en Latinoamérica. Sus lazos, abiertamente abusadores de su inmunidad parlamentaria, con elementos de la Lucha Armada en los '60, su acogida del “anti-yanquismo” y pro-Castrismo, y el probable impacto personal del golpe en 1972 contra Salvador Allende y subsiguiente represión sanguinaria por el General Augusto Pinochet, son elementos centrales formadores de su pragmatismo político: la “causa” lo justifica todo. En eso, se evidencia su buen estudio de las enseñanzas de Marx.[2] Una vez dijo que, si tuviese el derecho de fusilar a una persona impunemente para favorecer la causa, mandaría a fusilar a Carlos Rangel, el escritor y comentarista contemporáneo que anticipadamente denunció las falsedades e hipocresías de la revolución marxista-leninista en la década de los 70, y quien fuese hijo de un primo hermano del padre de José Vicente. Esto me fue relatado directamente por Sofía Imber, futura viuda de Carlos. La muerte prematura de Carlos Rangel fue celebrada disimuladamente en su momento por elementos de la izquierda radical, y abiertamente durante el auge del chavismo en publicaciones propagandísticas como Aporrea.

El pragmatismo de José Vicente Rangel en apoyo a la causa se refleja en su compleja carrera como periodista y escritor, donde válidamente denuncia tortura y corrupción durante la cuarta república, pero la ignora durante la quinta – o ciertamente no es tan contundente. Pero su influencia más fundamental en la actual configuración del régimen autoritario que gobierna el país se origina tras su incorporación al gobierno de Chávez en el 2001 como el primer civil en la historia del país ejerciendo el cargo de Ministro de Defensa Nacional.  

El Correo Bolivariano, Julio 1992 
Ya en 1992 desde su celda en la prisión de Yare, Hugo Chávez había vagamente expuesto su visión acerca de un gobierno “Cívico-Militar” en su panfleto ¿Y cómo salir de este laberinto? (enlaces: manuscrito original y publicación, con pequeñas variaciones, en EL CORREO BOLIVARIANO). Le tocará a JVR instrumentalizar esa visión, con el espectro del golpe contra Allende (y los eventos de abril, 2002) en su mente, para primero establecer fuerzas milicianas y posteriormente politizar a favor de “la causa” a las Fuerzas Armadas. No en vano Chávez calificó a JVR en el 2007 como un mentor “con el respeto que tiene un hijo por su padre”. El período durante el cual JVR participó en el gobierno de Chávez (1999-2007) incluye la creación de los Círculos Bolivarianos (bajo el modelo cubano de los “Comités Pro-Defensa de la Revolución”), la transformación de éstos en fuerzas paramilitares llamadas “Colectivos” que protagonizan violentos ataques en contra de opositores civiles,[3] y la concepción y eventual creación de las “Milicias Bolivarianas” como un quinto componente de las FANB, bajo el comando directo del presidente de la república. También incluye la formulación de la Ley Orgánica de las FANB (promulgada en el 2008), la cual establece el rango militar con comando de tropas del presidente de manera inequívoca (artículos 6 y 7), y abre la puerta para la injerencia militar en actividades civiles de todo tipo, desde siembra y comercio de víveres hasta planificación urbana (Artículos 19.7, 21.4, 26.7, 26.11 y muchos otros más).

Desde la sustitución de organismos intermediarios civiles por organismos supeditados al régimen, pasando por la creación de milicias y purgas de militares “desleales a la revolución”, hasta la creación de fuerzas milicianes adscritas al ministerio de la defensa, la mano de JVR y su admiración y emulación del modelo cubano se ve claramente, con el propósito de acrecentar y apropiar el poder del estado para los intereses particulares del régimen. Es decir, destruyendo la democracia para la acumulación de poder y beneficio personal de las élites dirigentes mediante la intimidación y la violencia política.   

Acto de instalación de las Milicias Bolivarianas, 10 de abril, 2010.

Estos días de alta incertidumbre acerca del futuro político de Venezuela nos hacen reflexionar acerca de las dinámicas de transición que pueden anticiparse, y la resistencia posible a dicha transición. Sin lugar a duda, el régimen no tiene ningún interés en transición – todavía. El régimen mantiene en su seno individuos de alto poder que ven en esa transición una certera cita con la justicia, y con mucha razón: sus crímenes abarcan desde el narcotráfico hasta la lesa humanidad, sin contar la masiva corrupción que los ha convertido en Cresos modernos entre una empobrecida población. En una transición temen vivir la maldición de Midas: solos, atrapados y encerrados por sus propias riquezas.

A esos individuos que transformaron al chavismo en instrumento de beneficio personal, en vez de uno de transformación social, les conviene fomentar y provocar violencia política, sus raíces, para mantenerse en el poder, suponiendo que sus costos de salida son mayores que sus costos de permanencia. Buscan crear condiciones para que el proceso desemboque en violencia, puesto que ese es su medio preferido y en el cual, francamente, tienen ventaja. Esos individuos le tienen pánico a la ruta electoral, ante la cual, francamente, están desarmados. Polonia, Sudáfrica, la India, el Sur de los EE. UU., incluso el mismo Chile, son ejemplos de transición y cambio avenido por la ruta democrática basada en la no-violencia. Por supuesto que hubo y habrá represión y dificultades, pero el cambio, una vez que los ciudadanos se deciden por reclamar y ejercer sus derechos democráticos, es inevitable.

El pueblo venezolano es esencialmente un pueblo democrático. Como en toda población, hay alrededor de un 20 a 30% que no lo es (tal vez más entre ciertas élites); una minoría que prefiere el orden predecible de un autoritarismo de izquierda o de derecha al desorden impredecible que implica la democracia, con su cacofonía discordante, caos creativo y renovación constante; un grupo minoritario que prefiere “el mejor de los mundos posibles” estático sobre la incertidumbre del cambio permanente. Pero entre el 70 al 80% de la población hay una semilla democrática sembrada a mediados del siglo pasado que permanece y siempre busca florecer. Este sector de la población intuye que, en un sistema democrático, al existir renovación, existe oportunidad; y que cuando existe oportunidad existe el potencial de la libertad, la condición mediante la cual un ser humano puede desarrollar plenamente su potencial como tal. Esa comprensión intuitiva de la relación entre democracia y libertad impulsa el cambio, y siempre lo ha hecho en Venezuela.



[1] Para otra dimensión acerca del proceso y huella histórica de la violencia política en Venezuela, véase mi discurso ante el Institute for Interamerican Democracy presentando mi libro La Venezuela imposible: Crónicas y reflexiones sobre democracia y libertad (2017).

[2] Por supuesto Maquiavelo, Hobbes, Nietzsche y hasta Kissinger también mantienen una visión pragmática para cómo adquirir y mantener la hegemonía política y cultural.

[3] Una reciente disertación doctoral por Deylis Liscano-Sarcos ilustra este proceso de creación de milicias paraestatales utilizadas por el régimen para evadir responsabilidades legales en la represión ilegitima de lideres, movimientos y protestas de “opositores a la revolución”. La patrimonialización de la seguridad: Círculos Bolivarianos, génesis de la pérdida del monopolio del uso de la fuerza en Venezuela y su influencia en América (2001-2003), Liscano-Sarcos, D. (2024)

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Carlos J. Rangel
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sábado, 10 de febrero de 2024

LA REPÚBLICA BOLIVARIANA

 REFLEXIONES ANTE LAS COYUNTURAS DE UNA TRANSICIÓN 

“Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿serán capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto Templo de la Libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?” 

Simón Bolívar. Discurso de apertura ante el Congreso de Angostura, 1819.

Esa pregunta que hizo El Libertador hace 205 años es una pregunta que nos hemos hecho durante largo tiempo, no solo los venezolanos, sino muchos de nuestros hermanos en el continente.  ¿Somos capaces de vivir en libertad? O será que nuestra historia es un pesado lastre insostenible, que nos conduce irremediablemente a caer en regímenes despóticos bajo “tiranuelos casi imperceptibles” como los describirá el mismo Bolívar en su carta al General Juan José Flores apenas once años más tarde. En 1819, a sus 36 años ante el Congreso de Angostura, Bolívar todavía tiene la visión del político profesional con vocación de servicio, una visión de futuro, optimismo y confianza en sus conciudadanos. Sabemos que en esa cartaescrita a menos de mes y medio de su muerte, ese optimismo ha sido decepcionado por las realidades políticas que entrevé en su discurso una década y un poco más antes; pero su visión, surgida de la revolución liberal, indudablemente es valiosa y sigue siendo modelo para crear una república bolivariana.

Tras una guerra, que él mismo describe como cruel, horrorosa y dolorosa para sus protagonistas, Bolívar quiere renunciar al cargo supremo de la conducción de los ejércitos y la república, y someter su conducta como tal al juicio de los legisladores. Declara que preferiría el título de “buen ciudadano” al de Libertador, poniendo su cargo y destino a disposición de los legisladores constitucionalistas. En esto nos recuerda a los fundadores de los EE.UU. que estipularon en sus escritos que, para un ex-presidente, el mayor título y honra que le concede una nación es el de volver a ser ciudadano. En esto coinciden el liberalismo fundador de los EE.UU. y el liberalismo promovido por Bolívar en su discurso: ser ciudadano es el cargo más importante en una república democrática. En su discurso la palabra “ciudadano” o “conciudadano” la utiliza dieciocho veces. 

Bolívar describe en el discurso su visión para una nueva nación, una nación que deje atrás “las cadenas, mazmorras, y pestilencia servil” que han entumecido las ansias de libertad de la gente en los territorios liberados; una nación centrada sobre la libertad y el poder de cada ciudadano. El énfasis de su discurso es sobre la libertad, utilizando esa palabra cincuenta y un veces y la palabra libre once. Reconociendo que todo gobierno se compone de humanos imperfectos (“son los hombres, no los principios, los que forman los gobiernos”), enfoca su proyecto sobre la fortaleza de sistemas perfectibles, estableciendo la necesidad de rotación institucional de dirigentes, debido a que: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.”  

A dos siglos y algo más de aquel discurso ante un cuerpo deliberante encargado de fraguar las bases de una nueva nación centrada sobre democracia y libertad, vale la pena destacar ciertas ideas centrales que el chavismo hoy día descarta en discurso y práctica: 

“La esclavitud es hija de las tinieblas”.

Es con el sometimiento de un pueblo a través de la poca educación y adoctrinamiento que se puede perpetuar la antítesis de la libertad: la esclavitud. A los amos y élites gobernantes de una tiranía les conviene tener un pueblo sometido por la ignorancia y los límites a la educación. Bolívar describe claramente la manipulación totalitaria basada sobre la ignorancia: “la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia.” En la práctica, el chavismo denigra y somete al sector educativo para mantener a los venezolanos en las tinieblas de la ignorancia, interfiriendo con la educación impartida y manteniendo a los docentes en la indigencia, desde la escolaridad temprana hasta la educación universitaria. Recordemos que la semilla de las protestas del 2002 fueron una ley de educación interfiriendo en la independencia del sector educativo con la injerencia doctrinaria del estado. Como famosamente dijera Héctor Rodríguez, ministro de educación en el 2014, descartando a la educación como instrumento de movilidad social: “No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarlas a la clase media y que pretendan ser escuálidos”. El auge de la democracia en Venezuela se caracteriza por el Plan Ayacucho, que sembró conciencia y educación entre una generación que el chavismo denigró. rechazó y persiguió.

Ya Simón Bolívar lo resaltó en su proyecto de país, proponiendo un poder del estado que fusione la educación y la moral cívica como fundamento de la república: “La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades.” Bajo estas ideas, ofrece lo que llama un “cándido delirio” proponiendo ese cuarto poder independiente, el Poder Moral, aparte de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que ya describió y defendió. El Poder Moral sería un cuerpo de la república compuesto por un “Areópago” (tribunal de tradiciones y costumbres) independiente que vele por la educación y registre la moral de los participantes públicos del gobierno, manteniendo un archivo consultable de su conducta y actuación. Dicho poder influye directamente sobre la educación ciudadana, pero no tiene capacidad penal, solo de denuncia a los trasgresores de las tradiciones y costumbres que conforman la moral del país. Es posible que esto se vea como un cándido delirio, pero lo más cercano que existe a ese “registro permanente” de la actuación de funcionarios públicos es una prensa libre, libre de influencias y accesible a todo ciudadano. En tiranía eso no existe. La restricción a la información, las “ofertas que no se pueden rechazar” y la persecución a voces independientes son características de tiranías que desean blanquear dichos registros públicos de sus actuaciones. Bajo el régimen chavista incluso un tuit opositor o crítico ha llevado a influenciadores a las mazmorras del Helicoide o los sótanos en Plaza Venezuela, las infames cárceles políticas del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Sin prensa libre e independiente, no existe democracia, y por eso se le reconoce como “el cuarto poder”.

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“El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política,”

“Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad; pero ¿cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder, prosperidad, y permanencia?” 

Bolívar está claro acerca de la capacidad de la democracia de generar bienestar, de la fragilidad de la democracia, su naturaleza perfectible y la necesidad de defenderla, porque es el sistema más conducente a la condición de libertad para los ciudadanos. Ya lo dirá Winston Churchill unos 130 años más tarde: "La democracia es el peor sistema de gobierno, salvo todos los demás". La visión de una república soberana que tiene Bolívar es una república centrada sobre la libertad, pero él reconoce la responsabilidad de cada ciudadano para mantener un gobierno que proteja esa condición de libertad, la cual dice Rousseau, según Bolívar, “es un alimento suculento, pero de difícil digestión” y porque dice Homero “al perder la libertad, el hombre pierde la mitad de su espíritu.” El deber y responsabilidad de cada ciudadano para defender la libertad (y, por ende, la democracia) es ineludible si se quiere obtener esa mayor suma de bienestar. Varias veces lo reitera resaltando su incomodidad y dificultad: “más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.” Pero también reconoce la condición basculante de las tiranías, algunas con un péndulo mayor que otras, pero inexorablemente destinadas a caer, porque “la naturaleza a la verdad nos dota, al nacer, del incentivo de la libertad.” 

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“La deuda nacional, Legisladores, es el depósito de la fe, del honor y de la gratitud de Venezuela.” 

La dignidad del país está atada a su responsabilidad y seriedad por los compromisos adquiridos ante la comunidad internacional. Un país responsable que entra en negocios, tratados y acuerdos, está en la obligación de cumplirlos. El Libertador es contundente al respecto: “Perezcamos primero que quebrantar un empeño que ha salvado la patria y la vida de sus hijos”.  La falta de seriedad del régimen de Maduro en toda negociación internacional, comercial, tratados, o compromisos políticos, deslegitima su capacidad de gobernar en nombre de Venezuela, y deshonra el legado de Bolívar.

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El corazón del discurso es proponer las instituciones de una sociedad libre de la opresión del “triple yugo de la tiranía, la ignorancia y el vicio,” para lo cual fundamenta su proyecto en la democracia, la educación y la virtud moral. La república que visualiza Bolívar ante el Congreso de Angostura es una república que establece límites al poder, separación de poderes, donde el ciudadano es el principal protagonista de los destinos del país. Es una en donde la educación es la base de la república, donde se honran a los militares, pero se mantienen alejados de la función de gobierno y su papel es defender la república, no conducirla. Una en donde se respetan y protegen las instituciones, y los agresores a las mismas son condenados por la justicia. Una en donde existe un registro público, independiente y libre publicando la capacidad moral de los miembros y representantes de la república. Una en donde existe alternabilidad en los representantes encargados de velar por los intereses de los ciudadanos. Un llamado y denuncia en contra de toda tiranía y en defensa de la libertad. Una república, en fin, basada en la revolución liberal, no en la reaccionaria protección de los intereses de la élite mercantilista y colonialista del chavismo. 

El chavismo en Venezuela ha traicionado la visión de Bolívar acerca de la libertad, el poder de los ciudadanos en una república, y su lucha contra toda tiranía. Los chavistas han utilizado a Bolívar para acobijarse con un manto de credibilidad que no les arropa. Los chavistas han traicionado aquella visión de Bolívar de una nación ideal, y llamarse a sí mismos bolivarianos es una desfachatez e insulto a los ideales liberales del Libertador. Se puede calificar sin duda a los chavistas de “anti-bolivarianos”. 

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Una nación siempre será más permanente que sus gobiernos, y solo se hace fuerte y capaz de generar riqueza y bienestar a medida que sus instituciones trasciendan a sus funcionarios. Por eso Bolívar nos recuerda que: 

“El imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos”. 

Hay hipocresías que hieren profundamente a una nación. La tiranía que pretende ser bolivariana caerá, y Venezuela prevalecerá.

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Otras reflexiones a partir del discurso de Bolivar:
Carta a Carlos A. Montaner sobre Felipe VI y democracias.


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Carlos J. Rangel
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domingo, 13 de agosto de 2023

LA CONFIANZA Y OTRAS PENDEJADAS

La confianza es esencial en las relaciones humanas y de sociedad. Como meros individuos, somos débiles ante las fuerzas formidables opuestas a nuestras metas y mera existencia, y la unión que hace la fuerza para enfrentar esa oposición se basa en la confianza mutua de cada miembro de dicha unión. 

Durante semanas (y meses) recientes hemos escuchado de parte de políticos venezolanos de oposición, y de la misma Comisión Nacional de Primaria, que con la confianza ciudadana se saldrá del régimen autoritario que asola a Venezuela. En el caso de la CNP el llamado parece sincero. En el caso de ciertos políticos, parece ser un llamado a la confianza en un solo sentido, es decir, celebran nuestra confianza en ellos pública o privadamente, pero no necesariamente confían en nosotros. Eso es entendible por un condicionamiento pavloviano, reforzado por 25 años de un sistema basado en la desconfianza y recelo mutuos. La fortaleza de un régimen autoritario crece a medida que la confianza colectiva disminuye. Todo líder autoritario busca sembrar la desconfianza, porque de esa manera cercena la libertad. Hemos visto, no solamente en Venezuela, como facciones e intereses que buscan debilitar democracias repetidamente tratan de socavar la confianza en instituciones básicas y sistemas electorales. Destruyendo la confianza se destruyen democracias.  

La semilla perenne del totalitarismo germina en la ansiedad generada por el desorden democrático que se presume ser incapaz de ejecutar acciones decisivas y efectivas. La tendencia natural del ser humano es preferir al orden predecible que la incertidumbre caótica. Durante milenos, ese orden fue mantenido por autócratas, algunos benevolentes otros no tanto, y cualquier cuestionamiento a ese orden era sofocado, o por la presión familiar o social de pares inmediatos o por la represión del tirano de turno. La amplia difusión, sobrevenida con la revolución liberal del S. XVIII, de la idea de que es posible alterar el orden existente (individual o institucional) cambió de manera radical las expectativas. Para las autocracias amenazadas por esa revolución de expectativas una de las mejores maneras de debilitar a sus opositores es generar y cultivar la desconfianza. 

Se explica así el desarrollo de la debilidad de la oposición en Venezuela. Apoyado por la destrucción de la confianza en el estado de derecho (legado de la era democrática por aquellos con interés de mantenerla débil), el chavismo recupera y se nutre de los antecedentes autoritarios del país (que en sus más de 200 años si acaso habrá tenido unos 45 de gobiernos basados en ideas liberales democráticas) destruyendo la confianza en el sistema institucional electoral mediante desinformación, amenazas, chantaje, extorsión y soborno, para minar la confianza de la ciudadanía sobre el sistema democrático en general y la oposición en particular. En este ambiente, cada agrupación o facción de “la gran tolda opositora” termina desconfiando de cada otra o incluso de actores independientes, suponiendo agendas ocultas, nefastas, y posiblemente complicitas. La acumulación in crescendo de teorías conspirativas, cada vez más inverosímiles si se analizan con un mínimo de sentido común, alimenta esa desconfianza y tiene origen en agentes que buscan socavar la oposición al orden que ellos desean imponer. De esta manera el régimen, al nutrir la desconfianza, divide y debilita a la oposición.

Voltaire nos dejó como legado una palabra que se utiliza frecuentemente por aquellos que se aprovechan de la desconfianza para sus propios fines al describir a sus blancos: cándido. En venezolano criollo se utiliza la palabra “pendejo” de manera similar, para identificar aquellas personas cuyas ilusiones, creencias, valores personales e información incompleta los hacen fácil blanco de artimañas y manipulación basadas en la traición de la confianza (o manipulados para creer en esa traición).  Es un punto de honor personal no ser calificado de “pendejo” (o su equivalente en otros países e idiomas). Nadie quiere ser uno, por lo cual, en condiciones de bajo control social y débil estado de derecho, desean ser lo opuesto: el “vivo” que se aprovecha de la confianza del más pendejo. En Venezuela esta dualidad está altamente compenetrada con la cultura por el largo legado autoritario del país, y la consecuente debilidad del estado de derecho, pero en otros países también se ve, o se ha visto en el pasado, cuando lideres populistas en afán y promesa de control (autoritario) establecen la existencia de un grupo, típicamente fácilmente identificable étnicamente y minoritario, que se está aprovechando de aquellos que se autoidentifican con el líder populista. El populista le promete a sus partidarios que ya no serán aprovechados como “pendejos” por los “vivos” que los han explotado y agraviado de una y mil maneras, quitándoles lo suyo injustamente mediante su orden de leyes y costumbres “correctas” que les desfavorecen. Para lograr la redención de esos agravios sus partidarios deben confiar únicamente en el líder y desconfiar de todo aquel que lo cuestione, desde opositores comunes, hasta medios de comunicación o instituciones del sistema que el líder no controla, cuestionando así el estado de derecho. Parece a veces sutil la diferencia, pero no lo es. Un opositor democrático busca crear, construir y mantener confianza generalizada en ese sistema y sus representantes, mientras que un opositor autocrático, busca destruir esa confianza, acumulando una semblanza de ésta (es decir, sin reciprocidad) en su propia persona. El líder es el pueblo (“el pueblo soy yo”), y si atacan al líder, atacan al pueblo.

He visto personalmente la destrucción de la confianza que ha logrado el régimen autocrático en Venezuela. En conversación reciente con un líder de campaña, me comentaba cómo muchos se le acercan para prometer ayuda una vez que el candidato fuese victorioso – es decir, una vez instalado en el palacio presidencial – pero nadie parecía ofrecer verdadera ayuda inmediata. En otras conversaciones, con otros altos dirigentes hace unos largos meses, el consenso entre estos parecía ser la inevitable continuidad del régimen y la renuencia a declarar favoritismos, no fuera que alguien se lo echase en cara después en algún momento inoportuno. Públicamente es notoria la desconfianza entre los lideres de la oposición que genera incertidumbre entre la ciudadanía acerca de la realidad de un movimiento opositor unido que resulte en el fin del régimen autoritario existente en Venezuela. Nadie quiere ser el más pendejo que se quede con la papa caliente.

Tener instinto de supervivencia e interés propio es una expectativa razonable, y los políticos y élites de influencia tienen todo el derecho a tener ese instinto. La suma de los intereses propios de los miembros de una sociedad beneficia el interés colectivo de esa sociedad. Esa fue la revolucionaria idea del capitalismo de Adam Smith.[1] En Venezuela, el interés propio de cada político de oposición se apoya en la desconfianza que cada uno tiene de cada otro. Es de esperarse que dicho interés a la larga seria favorable para el interés colectivo de la oposición, separando a los verdaderos opositores de los cómplices del régimen, para agruparlos en un objetivo común: restaurar la democracia en Venezuela. Pero, nadie quiere ser el más pendejo. La descalificación sembrando la duda, teorías conspirativas, y ataques ad hominem es de esperarse de los defensores del status y del orden existente, incluyendo dentro de ese orden el papel de la oposición como comodín del régimen. Es enervante cuando viene de opositores calificados por ser de obvia utilidad para la continuidad de esas condiciones existentes.  Ante esta situación, los lideres opositores celebran que se les dé confianza pública por ciudadanos comunes o destacados, pero son renuentes a otorgarla, pareciendo que consideran esa confianza depositada como una confianza suma-cero; es decir si ellos la tienen otros no la tendrán. Francamente, parecen no confiar sinceramente en su propia base electoral, parte de ese reflejo condicionado desarrollado bajo autoritarismo que perdurará durante largo tiempo como tara cultural, aun si se logra cambiar el régimen chavista, exacerbando la dualidad vivo/pendejo. Muchos no confían ni confiarán nunca ni siquiera en el Cristo bajado de la cruz.

El votante en este escenario tiene como instrumento de su confianza el voto. El voto, en un sistema democrático liberal, es la expresión afirmativa del derecho al libre pensamiento. Es la confianza depositada por el votante en el sistema de gobierno que rige los destinos de su nación, y su subscripción a la idea de que dicho sistema es favorable a sus intereses y valores. El candidato que acepta participar en este proceso electoral busca recibir esa confianza y hace lo posible por obtenerla. La decision básica del votante es si el sistema, proceso, propuesta y candidato se merecen o no su confianza.

Si el candidato rechaza la confianza en el sistema es difícil esperar que el ciudadano la tenga. Para cada candidato en cada elección su campaña es un esfuerzo por crear y acumular confianza, tanto en el sistema y proceso como en su persona como estandarte de los mejores intereses de la sociedad. Dichos intereses a veces no tienen beneficio inmediato en la ciudadanía, pero los mejores políticos en la historia no han sido los que sobre prometen y medio cumplen. Winston Churchill, famosamente dijo que solo podía ofrecer sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor para recuperar a Inglaterra del momento en que estaba a punto de sucumbir como nación independiente. Su gestión, guiando a su nación a través de la guerra, se reconoce como exitosa, a pesar de haber perdido el poder personalmente, y su partido el gobierno, después de la guerra. Así funciona la democracia: como un desorden caótico generador de creatividad y bienestar creciente que permanentemente cuestiona el statu quo. Un sistema que sólo puede subsistir con la confianza de la ciudadanía en el mismo. Sobre prometer y medio cumplir no crea ni construye confianza.

Para ganar la mayoría necesaria para la victoria, candidatos con frecuencia se enfrentan a un dilema de Nash. Los opositores en contienda siempre tienen la opción e incentivos de hacer algo más a favor de sus intereses propios percibidos que a los del interés común posible. Particularmente en el caso de la oposición en Venezuela es visible este dilema, en donde opositores juegan para “ganarse la confianza” de los electores socavando al opositor (abierta o subrepticiamente) que tiene el mismo objetivo: derrocar la tiranía y formar un nuevo gobierno. La restauración de la democracia en Venezuela difícilmente se logrará sin una oposición unida que confíe mutuamente en el deseo y objetivo común de cada uno de sus participantes: recuperar el sistema de contienda libre democrática - el mejor interés común posible. Vemos también con alarma el uso del sobre prometer electorero (o simplemente no rectificar la expectativa de una sobre promesa imaginaria) en una situación donde la recuperación de la nación es una tarea que solo puede arrojar resultados tras un esfuerzo descomunal de participación ciudadana; un esfuerzo, sí, de sangre, sudor y lágrimas, que nadie parece reconocer, vaticinar y mucho menos solicitar, por lo cual estas sobre promesas electorales difícilmente llegarán incluso a medio cumplirse. Esto es síntoma de la falta de confianza de los lideres políticos en la ciudadanía. La recuperación de la nación no será posible sin que la coalición que emerja victoriosa confíe en la ciudadanía del país.

Se podrá discutir mucho sobre la cabeza de un alfiler acerca de la gestión de Carlos Andrés Pérez, y particularmente de su segundo periodo. Lo que no se puede negar es que él fue un líder que confiaba en la ciudadanía y en la fortaleza del sistema democrático, y que trató de enrumbar el país hacia un sistema con libertades crecientes basado en esa confianza. Pequeños intereses y rivalidades, basándose en expectativas imaginarias, traicionaron esa confianza. Pero aquellos que se le opusieron estáahora en el escarnio histórico y CAP es recordado como un gran político cuya gestión fue positiva. Él encarnó la esencia de un optimista en el futuro de su nación.  Hoy día demasiados políticos a nuestro alrededor se comportan más como el analista que prefiere ser (casi por definición) un pesimista sorprendido que como el líder democrático trascendente, que siempre será (casi por definición) un optimista decepcionado. La restauración de la democracia y la recuperación del país solo será posible si la verdadera confianza mutua entre todos, líderes y ciudadanos, logra la unión por el futuro posible de Venezuela. De no ser así, este proceso es puras pendejadas.



[1] Lo que ha venido a llamarse “fase tardía del capitalismo”, caracterizada por oligopolios manipulando la economía, contradice esa idea básica que estableció Smith, que veía como fuerza centrípeta del beneficio económico a los monopolios y oligopolios, estructuras de mercado que son el "agujero negro" de las fuerzas del libre mercado.  El equilibrio óptimo de las fuerzas del libre mercado restringe el colapso del mismo ante las fuerzas monopólicas naturales del éxito comercial mediante incentivos y protección a la libre competencia. Entiéndase por monopolios y oligopolios también la creación del llamado “capitalismo de estado”, excusa para crear un aparato estatal gigante e improductivo modelado bajo las ideas del control de los medios de producción para enriquecer el estado, es decir, el orden comunista con su consecuente pérdida de la libertad (para ejemplificar el orden impuesto ver “Carlos Alberto Montaner y su concepto de la libertad” en este mismo blog).

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Carlos J. Rangel
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